LA MUJER DE LA LLANURA DE LOS JUNCOS (CUENTO DE NGUYEN SANG)

Apenas terminó de comer la señora Bay, se oyeron los estallidos del cañoneo en una aldea situada al otro lado del campo de arroz. Eran los disparos del cuartel My An contra las aldeas liberadas. Para Bay esto no era más que una señal de la hora: las seis de la tarde. Junio es la temporada de lluvia y de trasplantación del arroz. La noche cae muy rápido. Afuera una oscuridad lechosa cubría el campo. Los campesinos circulaban y conversaban por las orillas del río salpicando el ambiente con risas y voces. 

Hai, su hija mayor, le dijo sin dejar de comer:
-Vete mamá. Voy a arreglar la casa. Ya es la hora de ir al campo.

Pero Bay quería quedarse un rato más. Deseaba contemplar a sus hijos saboreando la comida. Desde hacía tres meses los yanquis querían concentrar a la población en un lugar situado en el distrito My An. Cañoneaban despiadadamente la zona todos los días. Arrojaban bombas de fragmentación y napalm. Su aldea, como otras de la Llanura de los Juncos, se extiende con barracas y huertas, a lo largo de las riberas del río. Cada casa tiene playa y embarcadero. Después de esas barracas y huertas se hallan inmensos arrozales que rodean el río y se extienden hasta el opaco bosquecillo de las aldeas vecinas.

Los helicópteros, en grupo de tres o cinco volaban rasantes a lo largo del río y disparaban indiscriminadamente sobre el camino y los botes que aparecían bajo su vista. Todas las casas y huertas fueron atacadas. A veces, entre dos ataques hacían exhortaciones por bocinas. Utilizaban también todo tipo de música: moderna, tradicional y de vez en cuando, una cinta con el llanto lastimero de una criatura. Recurrían a todos los medios. Pero nadie abandonó la aldea. Se dispersaron temporalmente las casas del río para adentrarlas en el llano. De esta forma los helicópteros, para atacar tendrían que serpentear y hostigar a cada casa por separado.

La señora Bay también evacuó su barraca. A los treinta y seis años tenía ya seis hijos: tres varonas y tres hembras. La mayor, de doce años y el más chiquito de dos. Su esposo, cuadro revolucionario de la provincia, los visitaba a veces. Bay alimentaba a toda la familia. Trabajaba en la producción agrícola y había recibido de la revolución más de una hectárea de tierra cultivable sin bestia de tiro. Durante la cosecha tenía que trabajar con otras familias para que ellas le ayudaran a arar la tierra. Además de los trabajos agrícolas pescaba durante la temporada de agua, con diversos medios: red, vara, nasa, etc. Por la noche sacaba pescados y por el día los salaba, o preparaba salsa. Nunca estaba sin hacer nada. En los ratos ociosos se dedicaba a mejorar los refugios, que conservaba bien camuflados y limpios. La aldea había sufrido varios bombardeos. Su casa también incendiada una vez y destruida otra; pero los refugios siempre quedaban firmes. Sus hermosos y fuertes hijos eran admirados por toda la gente. Bay tenía una sola deficiencia: no asistía con frecuencia a las reuniones de la aldea: “Ay, tengo muchos hijos, no puedo ir temprano.” “Mis hijos no me dejan ir”. “Permítanme regresar antes, mis hijos…”

Al verla defenderse siempre con el mismo argumento, la gente le tomaba el pelo:
- ¡Muchos hijos! Entonces ¿por qué pares tanto?
Ella contestaba vivamente, también en broma:
- Tengo un rebaño de chiquillos en mi barriga y cada vez que mi esposo regresa, ellos dicen “presente”.

Todos se daban cuenta de su situación y nadie la trataba mal. Bay, en reciprocidad cumplía siempre los acuerdos de las reuniones.

Después de cada parto, Bay lucía más fuerte y bonita. Pero las continuas evacuaciones y trabajos hicieron que adelgazara mucho.

Los helicópteros cañoneaban a diario. Cada dos o tres noches llegaban a escondidas los aviones de chorro a bombardear la aldea. Por eso Bay no se atrevía a concentrar a todos los hijos en una casa. La barraca que estaba a la orilla del río fue dividida en dos casuchas. Y situó una a siete metros de la otra. En cada casita preparó tres tipos de refugio: uno con gruesas paredes de tierra para protegerse de los ataques nocturnos; otro contra los helicópteros y el tercero para refugiare de los bombardeos realizados por aviones de chorro. Bay tenía que abrir seis refugios en total, trabajo que no día cumplir ella sola. Pidió la cooperación de los vecinos quienes la ayudaron a cavar la tierra. Y como los enemigos atacaban diariamente, y por lo tanto no se podía demorar el trabajo de los refugios, tuvo entonces que poner a trabajar a los tres hijos mayores. Trabajando día y noche pudo terminarlos en quince días.

Luego dividió a la familia en dos grupos para ocupar las casas: los hijos grandes en una, y en otra ella con los tres más chiquitos. Por la noche casi no se podía dormir. Cada vez que oía el ronroneo de los aviones se levantaba de un salto y metía a sus hijos en el refugio.

Al conocer las penosas tareas de la esposa, el marido tuvo la idea de pedir un trabajo en la aldea con la intención de ayudarla en el cuidado de los hijos, pero ella lo rechazó inmediatamente.

- Si puedes alimentarlos –dijo– quédate con ellos; yo me voy a luchar.

Al oír eso, el esposo tuvo que renunciar a sus propósitos.

Pero siempre que los helicópteros y los aviones de chorro atacaban la aldea pensaba en su marido. Si hubiera estado en casa en esos momentos, su vida habría sido menos pesada, con menos preocupación y angustia. Mientras acariciaba al chiquillo de dos años imaginaba que él se burlaba de las bombas y balas para estar con ella, con sus hijos. La presencia imaginaria del esposo la ayudaría a ahuyentar a los enemigos y todo saldría bien. Se decía a sí misma que al irse los aviones yanquis y al salir del refugio le pediría al esposo que regresara enseguida. Pero tan pronto se iban los aviones, y sus hijos salían sanos y salvos del refugio para reunirse con ella, se le disipaban como por encanto las ideas. Compartía la alegría con sus hijos, y reanudaba sus faenas: cocinar, remendar ropas y arreglar refugios.

Desde la evacuación, sólo comían juntos por la tarde. Servía el desayuno y el almuerzo en las dos casas separadas para evitar la sorpresa de los helicópteros yanquis. La hija mayor se encargaba de una, y ella de otra. Aunque las dos casas estaban cerca, extrañaba mucho a sus hijos separados. Los niños sentían igual y ella tenía que asustarlos a gritos o amenazarlos con pegarles para obligarlos a estar en la casa destinada. Un solo instante de calma y todos estaban ya a su lado de nuevo.

La comida de por la tarde era esperada ansiosamente. Los varones de la otra casa, al sentir el olor a pescado frito y ver el humo que salía de la cocina se asomaba a la puerta para preguntar: “¿Está servida la mesa, mamá?”, “¿Mamá, podemos ir ahora?”

Y ella sólo tenía que hacer un gesto para que todos estuvieran rápidamente presentes. Sin embargo, ninguno entraba enseguida a comer. Los grandes rodeaban a los chiquitos y comenzaban a mimarlos, besuquearlos a jugar con ellos. Después, cansados de divertirse, iban a comer.

La comida de esa tarde era un caldo hecho con pescado, y además pescado frito. A los niños les gustaba mucho y se atracaban golosamente. La madre, al contemplar la escena, ya no tuvo ganas de salir de la casa, aunque era la hora de ir al campo. Encendió un candil y lo puso en medio de la bandeja para que la llamita iluminara suficientemente los alrededores. Los seis hijos mofletudos y bonitos tenían los ojos profundos y poco melancólicos como los de su padre. Se parecían bastante pero cada uno tenía su particularidad. La hija mayor a pesar de sus doce años, tenía las virtudes de una persona madura; comía con lentitud, y reservaba lo mejor a sus hermanos. El segundo de diez, era el más pícaro y travieso de todos; su juguete preferido era el tirapiedras. La tercera, de ocho, delgadita con ojos brillantes y labios finos. Hablaba de manera precipitada, y saboreaba a pedacitos, como un gato, el pescado. El cuarto, “cabeza de coco”, calladito pero bravo, tenía seis años; comía lentamente, pero siempre se reservaba todo el pescado. La quinta, de cuatro años, era dócil como un conejo; aún no sabía manejar bien los palitos que sólo utilizaba para llevar el arroz a la boca, mientras el pescado lo cogía con la mano. El más pequeño, sentado en el regazo de la madre, comía lentamente.

¡Qué bello hogar!

Se oyó una voz desde el río:
- Tía Bay, ¿está aún en la casa?
Era la voz de la guerrillera Lanh. Bay, volviéndose, le contestó:
- ¡Espérame! Oye, ven acá un momentico. 


Frotó ligeramente la cabeza del chiquito y lo dejó en la cama:
-Quédate con tus hermanos, hijito. Voy para la trasplantación. Duerme con tu hermanita.

Lanh entró en la casa. Era una muchacha robusta de dieciocho años. Llevaba colgado un rifle. Un pañuelo rayado cubría su cabeza y parte de la cara. En una mano tenía un pico de bambú que servía para trasplantar en tierra dura. Una cartuchera, una cantimplora y una bola de arroz envuelta en un nailon verde abarcaban su cintura. Lanh era sobrina del marido de Bay. Al verla, los chiquitos corrieron a su encuentro. Ba, el segundo, fue más rápido en llegar.

- Ah, mi prima Lanh tiene un fusil –se balanceó prendido al arma–. A ver, a ver primita.

La mayor lo amonestó:
- Ba ¿qué haces? ¿Para qué quieres el fusil?

Ba parecía no oír la voz amenazadora de su hermana; seguía halando el fusil, lo que obligó a la guerrillera a inclinarse un poco y gritar:
- ¡Ay, mi hombro! ¡Suéltamelo! Es un fusil de verdad, y no se parece a tu honda.

Los más chiquitos se apartaron de su prima, pero Ba no dejó de agarrarse al fusil.

La señora Bay, que estaba atando los perniles del pantalón para protegerse de las sanguijuelas, se levantó:
- ¡Basta ya, Ba!
Ba retiró la mano del fusil, pero no se alejó de su prima. Miraba a Lanh, a sus hermanos y a su madre. Y preguntó:
- ¿Por qué no tienes fusil, mamá?
Bay lo miró enojada:
- ¡Basta de tonterías! Vete a tu habitación, anda.

El pobre niño no sabía el motivo de la ira de su madre. Se quedó callado, a punto de llorar.

La pregunta del niño le recordaba el asunto de la entrega del fusil. Ante Lanh se sentía avergonzada y preocupada. En los últimos días se habían entregado armas a todas las familias para rechazar a los helicópteros. Las familias grandes recibieron dos o tres y todas las casas, menos la suya, tenían ya fusiles. Se le preguntó varias veces, pero ella aún continuaba indecisa. Si hubiera estado todavía joven o soltera lo habría recibido desde los primeros días. Pero ahora, tenía seis hijos a los cuales debía llevar al refugio cuando vinieran los aviones enemigos. Solamente esto le costaba bastante trabajo. Y una vez todos en el refugio se veía obligada a estar con los más chiquitos, pues ellos sólo se tranquilizaban con su presencia. Entonces ¿cuándo podría entrar en combate? Los hijos la seguían siempre como su propia sombra. ¿Combatiría con los niños a su lado? Además, ella misma no quería alejarse de sus hijos en los momentos de peligro. Por lo tanto, ¿para qué recibir un fusil si no podía combatir? ¿Para alardear con los vecinos? ¡No! Había pasado ya ese momento. Si los niños se quedaran tranquilos en el refugio, podría salir para abrir fuego contra los helicópteros. Pero eso no sería más que revelarles el blanco, lo que atraería sin duda a los aviones. Entonces los refugios donde estaban sus hijos serían destruidos completamente. Así pensaba ella cada vez que se trataba lo del fusil. Esa idea la perseguía siempre. Era mejor actuar como lo hacía. Se consolaba a sí misma y trataba de no pensar más en ello. Este problema también provocaba ardientes debates en las reuniones de la aldea. Unos querían que ella tomara un fusil, mientras que otros opinaban lo contrario debido a los muchos hijos que tenía que cuidar.

La señora Bay cavilaba analizando su situación. No deseaba tener el fusil, pero si todos querían entonces no podía negarse. Sin embargo, como el recibir o no el arma era voluntario y nadie la obligaba, y ella seguía vacilando. Trataba de olvidarlo cuando esta vez, por casualidad, su hijo le recordaba el problema que la había disgustado.

Ba seguía calladito. Los demás se miraban sorprendidos.

Después de atar los perniles del pantalón, Bay cubrió su cabeza con un pañuelo, echó el nailon sobre sus hombros, cogió el pico de bambú y salió en compañía de Lahn.

Al alejarse de la tibia casucha aún olorosa de comida, aspiró a plenitud el aire puro del campo. Una ligera corriente de frío hizo detener a Bay. Dio media vuelta, entró en la casa y dijo a sus hijos con voz ya dulce:
- Hai, quédate con Bay y Sau. Ba, lleva a Tu y a Nam para la otra casa. Pueden jugar un rato más sin encender la luz. Voy a la trasplantación del arroz y regresaré temprano.

Una vez en la orilla del río, Lahn se puso delante y Bay la siguió lentamente. De vez en cuando volvía la cara, buscando con la mirada sus casas y los refugios donde estarían sus hijos al venir los aviones yanquis. De repente, se sintió intranquila. Detuvo sus pasos. Por un momento quiso regresar para continuar aconsejando a sus hijos; pero no sabía qué más decirles. Suspiró profundamente y aceleró la marcha hasta alcanzar a Lanh.

Amanecía. Días atrás, el campo aún estaba limpio, anegado de agua roja y revuelta. Ahora se revestía del verde lozando del arroz. A pesar de que se realizaba la labor en plena noche, sin candil ni luna, las matas iban quedando en filas rectilíneas.

A lo lejos se oía el rugir de los aviones de chorro, pero la neblina dificultaba verlos. Más allá, tres aparatos, pequeños como una mano, daban vueltas y picadas sobre un tupido bosquecillo. Se oían los estallidos como truenos de las bombas de balines. Torbellinos de humo blanco se levantaban cada vez más altos.

Los campesinos regresaban. El zumbido de los aviones de reacción y los estallidos lejanos de las bombas no preocupaba a esos hombres, acostumbrados ya a la situación. Seguían caminando tranquillos, con el pico en la mano y el fusil al hombro; iban despacio por los senderos vecinales hacia sus caseríos.

Pero Bay sentía impaciencia. Sólo pensaba en sus hijos. Camino más rápido. Hizo que Lahn se pusiera a la cabeza de la fila. Casi corría dando tropezones y cayendo continuamente.

Apenas llegaron a un bosque de tram bau, donde comenzaba la huerta situada en la orilla del río cuando aparecieron los helicópteros. Venían de Vihn Long. Rápidamente los aldeanos se dispersaron buscando los refugios. Los que aún quedaban en el campo se metieron en los refugios individuales a todo lo largo de los diques.

Lahn y Bay entraron en una trinchera. La guerrillera preparó el fusil sin perder de vista a los helicópteros. Bay desarmada, no hacía más que agacharse y mirar hacia donde estaban sus casas.

Tres helicópteros HU-1A que solían disparar ráfagas muy largas, revoloteaban a ras del bosquecillo y arrojaban infinidad de proyectiles sobre el objetivo. Luego disparaban a cada casa y al campo de arrozales. El fuego de los fusiles ripostaba la agresión desde todas partes, y los aparatos enemigos recibían un nutrido fuego. Los estampidos se parecían al estallido del maíz al ser tostado.

No se veía la trayectoria de las balas, pero se sabía que una red de fuego rodeaba a los aparatos. Por cualquier parte que volaban sonaban enseguida secos disparos. Metidos en medio de un intenso tiroteo, los helicópteros cobraron altura para ponerse fuera del alcance de los fusiles.

Una vez lejos de la concentración de fuego, descendieron de nuevo para atacar las casas menos defendidas.

Bay comprendió en el acto que se dirigían a la zona del árbol gao donde estaban sus casitas evacuadas. Los helicópteros iniciaron el ataque. La madre, pálida y temblorosa, no supo sino gritar:
- ¡Lahn, fuego!

Lahn alzó el fusil y disparó dos veces; pero se encontraba tan lejos que los disparos fueron inútiles. Allá, los helicópteros seguían destruyendo el caserío.

Bay, apoyados los brazos sobre el brocal del refugio, gritaba como loca:
- ¡Fuego! ¡Duro, compatriota!
Clavó fuertemente el pico en el borde del refugio y reclamó lastimosamente:
- ¡Pobres hijitos míos!

Desesperada, se arrancó de la cabeza el pañuelo y lo tiró al suelo violentamente. Un instante después arrebató el fusil de su sobrina, saltó del refugio y se dirigió hacia donde estaban los helicópteros. No tomó por el bosquecillo como los demás, sino por un atajo que cruzaba a campo raso, y disparó hacia los aviones enemigos.

Corrió derecho al caserío. Al verla arriesgarse, los aldeanos salieron de los refugios y la siguieron. De nuevo comenzaron los disparos.

Los helicópteros no pudiendo resistir el fuego, tuvieron que emprender la retirada, perseguidos por el ataque de los aldeanos.

Cuando se extinguió el ruido de las hélices, la gente regresó con calma a sus casas. Bay entró a su patio sin entregar el fusil a Lahn. Una vez frente a las casitas, llamó a sus hijos.

Los niños fueron a su encuentro. Hai salió primero llevando al más chiquito. Todos, madre e hijos, se reunieron en el patio. Bay tendió los brazos para recibir al nene. Los demás expresaron su alegría, cada cual a su manera, echándose encima de la mamá. Todos querían hablar al mismo tiempo. Con el más pequeño en un brazo, alargó el otro como si fuera a abrazarlos. Contemplando a los niños brotaron lágrimas de sus ojos.

Sin darse cuenta de la emoción de la mamá, Ba, el más pícaro de todos saltaba contento al ver que ella llevaba un fusil:
- ¡Un fusil de verdad! ¿Es tuyo mamá?

No la abrazó como los demás; se aceró al arma y trató de quitársela.

Desde esa misma tarde Bay pidió a Lahn que la ayudara a abrir un refugio más. Este refugio estuvo a unos veinte metros de los de sus hijos, y situado bajo la sombra de un matorral. Era el refugio individual que le serviría de puesto de combate. “En esta lucha contra los yanquis –pensó la señora Bay- la madre ha de tener el fusil para cuidar a los hijos.” Y desde entonces, al igual que sus vecinos, nunca dejó de llevar puesta el arma.

Dong Thap Muoi, 16 de diciembre de 1966 


La Cheká ha extraído este cuento del libro La taberna del mundo de Nguyen Sang. Viet Nam del Sur: Editorial Giai Phong, 1969.

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EL SEXAGÉSIMO ANIVERSARIO DE STALIN (LIBRO DE MIJAÍL KALININ) Parte II

IV


Después del V Congreso, el Partido envió al camarada Stalin a trabajar de un modo “duradero” en Bakú.

Trabajo “duradero”… En general, esta “duración” se calculaba entonces, por término medio, en un año de trabajo, y luego venían las reclusiones.

El camarada Stalin trabajó en Bakú cerca del año y medio (bastante más que el promedio) y pasó ocho meses en la cárcel, desde donde seguía dirigiendo la organización. Trabajando entre las masas tan activamente como lo hacía el camarada Stalin, el plazo relativamente largo de su vida “en libertad” sólo se explica por su gran experiencia en el trabajo conspirativo y por la amplia colaboración de los obreros, quienes le ayudaban a ocultarse de la gendarmería.

El traslado del camarada Stalin a Bakú obedecía a conveniencias políticas. Bakú era un gran centro obrero donde se había concentrado toda clase de elementos mencheviques, como los hermanos Schendrikov, conocidos aventureros y demagogos (no está excluido que hayan estado al servicio de la policía secreta), que eran allí los líderes mencheviques. Y a Stalin le cupo en suerte la misión de limpiar Bakú de estos individuos, convirtiéndolo en un baluarte del bolchevismo. El camarada Stalin cumplió magníficamente esta tarea.

Uno de los miembros activos del Comité de Bakú en aquella época, P. Sakvarelidse, cuenta en sus memorias: “Dirigía todo el trabajo del Comité de Bakú y su Buró ejecutivo, al frente del cual se hallaba el camarada Stalin… En los radios funcionaban los correspondientes comités… El centro de gravedad de toda la lucha ideológica y de organización, para fortalecer y cohesionar
 la organización bolchevique, recaía en el camarada Stalin. En su actividad ponía toda el alma. Dirigía a la vez el periódico ilegal “Bakinski Rabochi”, cuya edición en aquel período acarreaba grandes dificultades… Organizaba el trabajo entre los obreros musulmanes (con la ayuda de la organización “Hummet”); dirigía las huelgas de los obreros petroleros, etc. Realizaba una labor intensiva para desalojar de los radios obreros a mencheviques y socialrevolucionarios. El camarada Stalin se dirigía, ante todo, a aquellos radios donde los mencheviques y los socialrevolucionarios intensificaban sus actividades. Por fin, se quedó en Bibi-Eibat, entonces ciudadela de los mencheviques de Bakú. Allí, más que en ninguna otra parte, quedaban restos de partidarios de los Schendrikov, una de las variedades peculiares del socialismo policíaco. Bajo la dirección del camarada Stalin, los bolcheviques quebrantaron la influencia de mencheviques y sociarevolucionarios, transformando a Bibi-Eibat en un radio bolchevique”. (Citado según el libro de libro de L. Beria.)

La organización bolchevique de Bakú creció, se fortaleció y se templó en la lucha contra el menchevismo, contra los socialrevolucionarios y los nacionalistas, atrayéndose a la mayoría aplastante de los obreros. Es particularmente aleccionadora en este sentido la gran campaña por la concertación de un contrato colectivo de trabajo entre los obreros petroleros y la patronal.

Los bolcheviques de Bakú, dirigidos por el camarada Stalin, desarrollaron una gran labor de educación política de las masas obreras, logrando llevar la lucha de los obreros contra los industriales petroleros por el cauce de un movimiento político consciente de clase contra el zarismo y la burguesía. Así, como resultado de un referéndum especial sobre la táctica a seguir en dicha campaña, la mayoría de los obreros se declaró en favor de la táctica staliniana de los bolcheviques, mientras que socialrevolucionarios, “dashnakes” y mencheviques fracasaron estrepitosamente. A fines de 1907, cuando la reacción enfurecida, dominaba en toda Rusia, funcionó en Bakú durante dos semanas un parlamento obrero peculiar, como fue la asamblea de delegados de los yacimientos y destilerías de petróleo, bajo la presidencia del obrero bolchevique Trónov. Los bolcheviques elaboraban allí las reivindicaciones obreras que habían de ser presentadas a los patronos y desarrollaban con amplitud un trabajo de agitación en favor de las consignas íntegras del Partido: jornada de 8 horas de trabajo, confiscación de las tierras de los terratenientes y República democrática.

El camarada Stalin educó al proletariado de Bakú en las gloriosas tradiciones del bolchevismo, gracias a las cuales el proletariado de Bakú se ha destacado entre los combatientes de vanguardia, en la lucha por la victoria de la Revolución, por la dictadura del proletariado y por el Socialismo.

Pero el mismo camarada Stalin aprendió muchísimo en aquel período de su actuación.

“Dos años de actividad revolucionaria entre los obreros de la industria petrolífera – dice el camarada Stalin – me templaron como luchador práctico y como uno de los dirigentes prácticos. Puesto en relación con obreros de Bakú tan avanzados como Vazek, Saratovets y otros, por una parte, y moviéndome en medio de la tempestad originada por los profundos conflictos entre los obreros y patronos petroleros, por otra parte, conocí, por primera vez, lo que significaba dirigir a grandes masas obreras. De modo que allí, en Bakú, recibí mi segundo bautismo revolucionario. Allí me convertí en contramaestre de la Revolución”. (“Pravda”, 16 de junio de 1926.)

Trabajando directamente en Bakú, el camarada Stalin visitaba con frecuencia Tiflís y dirigía la lucha de la organización bolchevique de Georgia.

Bajo la dirección del camarada Stalin, en los años tenebrosos de la reacción, los bolcheviques de Transcaucasia fueron los que se retiraron en mayor orden. Desplegaron un enorme trabajo de construcción y fortalecimiento de la organización ilegal del Partido y lucharon por preparar el nuevo asalto contra el absolutismo zarista, adaptándose a las nuevas condiciones, a las nuevas circunstancias que reinaban en el país, aprovechando las posibilidades legales y semilegales para la educación marxista-leninista y para la organización del proletariado.

En marzo de 1908, la policía secreta del zar descubrió las huellas del camarada Stalin y lo detuvo. Fue recluido durante casi 8 meses en la prisión “Bailov” de Bakú. Pero, aun desde allí, seguía dirigiendo el Comité de Bakú del Partido y el periódico ilegal bolchevique “Bakinski Rabochi”.

“En la comuna política de la prisión – cuenta el camarada Sakarelidse – eran organizadas constantemente discusiones, en las que se examinaban los problemas de la revolución, de la democracia y del socialismo. Las discusiones, en la mayoría de los casos, estaban organizadas por iniciativa de los bolcheviques. El camarada Stalin intervenía muy frecuentemente en ellas, en nombre de la fracción bolchevique, a veces con un informe y otras veces en calidad de oponente. El camarada Stalin y los demás bolcheviques tenían que dirigir la organización desde la cárcel. El grupo bolchevique supo establecer enlace con la organización de Bakú, recibiendo información exacta sobre el trabajo diario y enviando sus consejos y normas… Desde la prisión, el camarada Stalin dirigía también el periódico de la organización de Bakú, “Bakinski Rabochi”. En cierta ocasión, todos los materiales de redacción fueron preparados en la prisión de Bailov”. (Citado según el libro de L. Beria)

Después de casi 8 meses de reclusión, el camarada Stalin fue deportado por dos años a la provincia de Vologda, a Solvichegodsk.

En el verano de 1909, el camarada Stalin se fugó del destierro y regresó a Bakú, donde continuó dirigiendo el trabajo ilegal, fortaleciendo, al mismo tiempo, las organizaciones bolcheviques de Transcaucasia.

Era un período de lucha intensa contra la corriente liquidacionista dentro del Partido, y el camarada Stalin tuvo que dedicar toda su energía revolucionaria a desenmascarar y aplastar a los mencheviques, asestando simultáneamente golpes a los socialrevolucionarios y a otras corrientes políticas enemigas del proletariado.

En octubre de 1909, el camarada Stalin se traslada a Tiflís, donde realiza una gran labor para organizar la lucha de los bolcheviques de Tiflís contra los liquidadores.

En aquel período, Stalin preparó la convocatoria de la Conferencia de los bolcheviques de Tiflís y la edición del periódico bolchevique “Tifliski Proletari”.

En un artículo publicado en el primer número de este periódico, el camarada Stalin escribió:

“¡La gran revolución rusa no ha perecido! ¡Vive! Sólo ha retrocedido y acumula fuerzas para las poderosas acciones del futuro.

Pues las fuerzas motrices de la revolución, los proletarios y campesinos, viven sanos y salvos y no quieren ni pueden renunciar a sus reivindicaciones vitales…

Vivimos en vísperas de nuevas explosiones; estamos ante la vieja tarea de derribar el Poder zarista…

Nuestro deber, el deber de los obreros avanzados, consiste en estar dispuestos a participar con honor en los gloriosos combates del porvenir por la República, por los derechos del proletariado.

A nosotros, y solamente a nosotros, a los obreros avanzados, nos incumbe, como en 1905, la misión de dirigir la revolución y de encauzarla por la senda de la victoria total…

Nosotros, y solamente nosotros, los obreros avanzados, lo mismo que en 1905, debemos agrupar a los campesinos en torno a las reivindicaciones revolucionarias…

Y para todo esto, necesitamos un Partido único y vigoroso, capaz de tomar sobre sus hombros la preparación de todas las fuerzas combatientes del proletariado para las batallas futuras…

¡Manos a la obra pues, pues, camarada lector, en el trabajo común por preparar las fuerzas del proletariado de Tiflís, para las acciones enérgicas del porvenir!”. (Lugar citado.)

El período de Bakú tiene una gran importancia también para la actuación política del camarada Stalin, que no sin razón lo caracterizaba como el período en el cual llega a ser contramaestre de la revolución.

El proletariado de Bakú era industrial, compuesto, además por muchas nacionalidades: rusos, azerbaidzhanos, georgianos y armenios. Trabajaban allí muchos persas. En los alrededores de la ciudad, mejor dicho, de los yacimientos petrolíferos, vivía una población campesina que odiaba a los colonizadores rusos. Los funcionarios zaristas azuzaban a los azerbaidzhanos contra los armenios, y viceversa, organizando de vez en cuando matanzas recíprocas.

Los dueños de los yacimientos eran tiburones internacionales como Rotschild, Nóbel, Shibáew (compañía inglesa), Mantáshev, y otros. De hecho, la industria de Bakú se hallaba supeditada al capital extranjero.

Muchos cabecillas de las corrientes oportunistas y de los partidos nacionalistas, que trabajaban en las empresas, eran sin duda agentes secretos del capital extranjero.

En este laberinto intrincado de contradicciones, sólo podía orientarse un dirigente político altamente dotado, que supiera perfectamente qué es lo que persigue, y que supiera indicar a las masas obreras que los objetivos por él señalados son precisamente los que más convienen al proletariado, y que los métodos por él propuestos son los más ventajosos para la lucha.

Semejante dirigente político era precisamente el camarada Stalin. Por esto es por lo que el proletariado de Bakú siguió al camarada Stalin en la lucha contra el zarismo y el capitalismo, haciendo de él su dirigente más querido. Bajo su dirección, recorrió el camino glorioso de una lucha heroica, en la primera línea del movimiento revolucionario de toda Rusia.

En marzo de 1910, el camarada Stalin fue detenido una vez más, y después de algunos meses de reclusión, desterrado nuevamente a Solvichegodsk.

Durante los años más duros de la reacción y del descenso del movimiento revolucionario, a pesar de las frecuentes detenciones y destierros, el camarada Stalin toma una parte cada vez más activa en la dirección de toda la minoría bolchevique.

Apoya enteramente el plan de Lenin para el resurgimiento y el fortalecimiento del Partido mediante la creación de un bloque, basado en principios, de bolcheviques y mecheviques-plejanovistas, los cuales luchaban por aquel entonces contra los liquidadores y defendían la necesidad de mantener un partido clandestino. En su carta dirigida desde el destierro en Solvichegodsk, el 31 de diciembre de 1910, el camarada Stalin decía: “A mi modo de ver, la línea del bloque (Lenin-Plejánov) es la única acertada: 1) esta línea y sólo ella es la que responde a los verdaderos intereses de la actuación dentro de Rusia, que exige la cohesión de todos los elementos que verdaderamente están con el Partido; 2) esta línea y sólo ella es la que acelera el proceso de liberación de las organizaciones legales del yugo de los liquidadores, abriendo un foso entre los obreros mencheviques y los liquidadores y poniendo en dispersión y aplastando a éstos”. (Citado según la “Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S.”, pág. 160).

Contrariamente al bloque de partido de Lenin y Plejánov, de los bolcheviques y el grupo de mencheviques defensores del Partido, bloque basado en principios, Trotski comenzó a formar su bloque de enemigos del Partido revolucionario ilegal, el Bloque de Agosto, falto de principios, contario al Partido, bloque de los liquidadores de todos los matices.

El camarada Stalin se pronunció decididamente por el apoyo a Lenin en su lucha contra la aventura trotskista. En la carta arriba mencionada, desde el destierro en Solvichegodsk, el camarada Stalin escribió:

“El bloque trotskista… es algo podrido y sin principios, una amalgama manilovista de principios heterogéneos, un anhelo impotente de gentes sin principios que buscan un “buen” principio. La lógica de las cosas es, por su naturaleza, regida estrictamente por principios, y no sufre amalgamas”.

Apoyando a Lenin, solidarizándose con él por completo, el camarada Stalin publica en el núm. 11 de “El Socialdemócrata”, órgano central del Partido, su “Carta del Cáucaso” en la que rebate a los liquidadores, a los trotskistas y a los “conciliadores”, llamando a acabar con la situación anormal creada en la fracción bolchevique como consecuencia de la conducta traidora de Kámenev, Zinóviev y Ríkov.

Paralelamente a esto, el camarada Stalin propugnó una serie de tareas del día con el fin de realizar la línea leninista del Partido, a saber: convocatoria de una Conferencia general del Partido, publicación de un periódico legal de éste, destinado a toda Rusia, y creación de un centro clandestino para la actuación práctica en Rusia.

En 1911, el camarada Stalin se evade nuevamente del destierro, y esta vez, por decisión del C.C. del Partido, se queda en Petersburgo. Muy pronto, le vuelven a detener y desterrar a la provincia de Vologda.

Entre la dirección del P.O.S.D. de Rusia reinaba la mayor dispersión. En los centros directivos del Partido, Lenin estaba muy a menudo en minoría. En estas condiciones difíciles de intensa lucha de Lenin contra los oportunistas y conciliadores, el camarada Stlain era el partidario constante e invariable de Lenin a través de todas las vicisitudes del Partido. A lo largo de toda su actividad, el camarada Stalin no se apartó una sola vez de Lenin, en sus posiciones teóricas, de principios, lo mismo que en toda su labor práctica. Con su trabajo ideológico y de organización, el camarada Stalin facilitó en grado sumo la lucha de Lenin contra los elementos vacilantes que habían perdido la fe en el bolchevismo, y, en realidad, dirigía las organizaciones bolcheviques de Rusia.

Después de que los liquidadores se quitaron la careta, comenzando a destruir de una manera descarada el Partido y a pasar a la legalidad; después de que los “conciliadores” de todos los colores y el trotskismo fueron desenmascarados, la obra de reorganización y fortalecimiento del partido revolucionario ilegal adquirió un ritmo rápido. Se formó la Comisión de Organización de Rusia, con Sergo Ordzhonikidze a su frente, desarrollando a la manera leninista los trabajos preparatorios para la convocatoria de una Conferencia general del Partido, llevando así a efecto la tarea que el camarada Stalin había propugnado todavía a principios de 1910. Lenin señaló con mucha satisfacción que ahora “la locomotora ha sido levantada y colocada sobre los rieles”. (Lenin, Obras completas, t. XV, pág. 293, ed. rusa.)

En su carta desde el destierro de Solvichegodsk, el camarada Stalin decía:

“Me quedan seis meses. Terminado el plazo, estoy completamente a vuestro servicio. Si realmente es aguda la necesidad de trabajadores, puedo levar anclas en el acto”.

Y en efecto, poco más tarde, el camarada Stalin “levó anclas”.

La Conferencia de Praga (enero de 1912) hizo el balance de toda la lucha contra toda clase de liquidadores. En cuanto hubo terminado con los restos de la unificación, formalmente mantenida, con los mecheviques-liquidadores, y expulsados éstos del Partido, la Conferencia dio forma a la existencia independiente del Partido bolchevique.

“Esta Conferencia – dijo el camarada Stalin, en el XV Congreso del P.C.(b) de la U.R.S.S. – tuvo una importancia grandísima en la historia de nuestro Partido, pues deslindó los campos entre los bolcheviques y los mencheviques y unió a las organizaciones bolcheviques de todo el país en un Partido bolchevique único”.



V


La Conferencia de Praga eligió al camarada Stalin, ausente de ella, como miembro del C.C. del P.O.S.D. de Rusia. Ahora, el camarada Stalin se hallaba al frente del Buró ruso del C.C. del Partido, el centro directivo de toda la labor práctica del Partido en Rusia. Por encargo del C.C. recorrió las regiones más importantes de Rusia y organizó allí la lucha por el cumplimiento de las decisiones de la Conferencia de Praga. El camarada Stalin desarrolló los trabajos preparatorios para la celebración del 1° de mayo, dirigió el semanario “Sviesdá” (“La Estrella”), que empezó a publicarse por iniciativa suya; organizó el movimiento de huelgas políticas que estalló en relación con la matanza del Lena y preparó la fundación de un diario bolchevique de masas, de “Pravda”.

La “Pravda” formaba los cuadros de combatientes revolucionarios. Detrás de este periódico, se encontraban decenas y centenares de miles de obreros. “Sobre la “Pravda” del año 1912 – dijo el camarada Stalin –, se cimentó el triunfo del bolchevismo en 1917”. Los primeros en echar estos cimientos fueron Lenin y Stalin.

La Ojrana buscaba con empeño al camarada Stalin. Cuando, en abril de 1912, el camarada Stalin, junto con Sergo Ordzhonikidze, se dirigía de Moscú a Petersburgo, el coronel de la gendarmería telegrafió al Departamento de policía: “El 9 de abril partieron de la estación de Nikoláiev, en el tren núm. 8, de Moscú a Petersburgo, los dirigentes del Centro, los socialdemócratas Sergo y Koba. Vigilad. Es deseable la liquidación, pero ésta es admisible solamente por medio de los agentes locales, sin indicar la fuente de Moscú”.

Pero, también esta vez, el camarada Stalin burló la vigilancia de los sabuesos zaristas. El 10 de abril, el jefe de la Ojrana de Petersburgo informaba al Departamento de policía: “Sergo”, que ha llegado en el indicado tren, es vigilado. Pero Koba no estaba en dicho tren”.

Lenin estaba muy intranquilo por la situación del camarada Stalin. En su carta del 28 de marzo de 1912, Lenin pregunta con manifiesta alarma: “No hay nada de Ivanovich (Stalin). ¿Cómo va? ¿Dónde está? ¿Cómo está?”

A fines de abril de 1912, el camarada Stalin fue nuevamente detenido. Esta vez ya es desterrado por cuatro años al territorio de Narim. En septiembre del mismo año, 1912, el camarada Stalin se evade de Narim, y en septiembre regresa a Petersburgo, donde vuelve a ponerse al frente del Buró ruso del C.C. del Partido y de la redacción del “Pravda”.

Bajo la dirección del camarada Stalin, se desarrolló la campaña electoral del Partido bolchevique para la elección de la IV Duma. Fue él quien escribió el conocido “Mandato de los obreros petersburgueses a su diputado obrero”, en el cual formuló el programa electoral del Partido bolchevique.

Lenin concedió una gran importancia a este Mandato. Uno de los ejemplares de este documento lleva la siguiente nota hecha personalmente por Lenin: “¡devolverlo sin falta! No ensuciarlo, es importante en extremo conservar este documento”.

En señal de protesta contra las llamadas “enmiendas” de las leyes electorales, mediante las cuales intentaron las autoridades zaristas anular la elección de los delegados de toda una serie de fábricas y talleres, el Comité de Petersburgo, por indicación del camarada Stalin, organizó como protesta una huelga política de masas de los obreros de la capital. Como resultado, el gobierno zarista no sólo anuló sus “enmiendas”, sino que incluso amplió la lista de las empresas en las que se concedía a los obreros el derecho a participar en las elecciones. Durante esta huelga, el camarada Stalin, a pesar de encontrarse en la clandestinidad, intervino personalmente en los mítines-relámpago de una serie de fábricas.

Los bolcheviques triunfaron sobre los liquidadores en la campaña electoral: en las seis provincias en que los obreros gozaron del derecho a elegir un diputado para la Duma, fueron designados candidatos bolcheviques, representando, en total, a las cuatro quintas partes del proletariado de Rusia.

Este triunfo fue obtenido en condiciones sumamente difíciles. El camarada Stalin dirigía la campaña electoral en nombre del Partido, hallándose en la ilegalidad. Tuvo que luchar no sólo contra las centurias negras, los octubristas y los kadetes, sino también contra los infinitos enemigos del bolchevismo dentro del movimiento obrero: los liquidadores, los trotskistas, los “vperiodistas”, los plejanovistas, los anarquistas, etc. Se tuvo que encontrar a los hombres necesarios, empujarlos, alentarlos, estimularlos, y, lo que era principal, orientar en el terreno de la organización y obligar a trabajar. He aquí en qué condiciones los bolcheviques, dirigidos por el camarada Stalin, obtuvieron el triunfo en la curia obrera.

Los diputados bolcheviques de la IV Duma del Estado trabajaban bajo la dirección el C.C. del Partido. Lenin atribuía una gran importancia a la actividad de los diputados bolcheviques. El camarada Stalin fue el que orientó directamente su labor. Los dirigió en la formación de una fracción socialdemócrata común, al redactar su declaración, al preparar las intervenciones ante la Duma, y organizaba su actividad fuera de la Duma.

A fines de 1912, por iniciativa del camarada Stalin fue convocado en Cracovia un Pleno ampliado del C.C. con la participación de los diputados obreros de la Duma y los activistas del Partido. Este Pleno transcurrió bajo la dirección de Lenin y con la más activa participación del camarada Stalin.

En febrero de 1913, en pleno apogeo de la gran labor en el cumplimiento de los acuerdos del Pleno de Cracovia, el camarada Stalin es nuevamente detenido en Petersburgo y, unos meses más durante cuatro años, y sólo obtiene la libertad después de la revolución de febrero, en marzo de 1917.

La Ojrana y la gendarmería zarista conocían muy bien la actividad del camarada Stalin. Digamos de paso que todavía en marzo de 1910, el jefe de la gendarmería de Bakú, al referirse al camarada Stalin, escribió que

“en vista de su tenaz participación en la actividad de los partidos revolucionarios en los cuales él siempre ha ocupado un lugar destacado a pesar de todas las medidas de carácter administrativo adoptadas; en vista de sus dos evasiones del destierro, por lo cual no cumplió ninguna de las penas que le fueron impuestas, considero que se hace preciso tomar medidas más rigurosas: a deportación por 5 años a los lugares más apartados de Siberia”. (Citado según el libro de L. Beria.)

Yo quisiera que los lectores, sobre todo los jóvenes, se fijaran atentamente en la vida y en la actuación del camarada Stalin en la ilegalidad: Trabajo clandestino. Detención. Cárcel. Destierro. Evasión. Y nuevamente trabajo clandestino, la detención, la cárcel, el destierro, etc., etc.

¡Qué “sencillo” y “corriente”! Pero ese cuadro “prosaico” oculta una encarnizada lucha de clases.

Todo el enorme aparato zarista arrollaba implacablemente a los valientes que osaban contraponerle las fuerzas organizadas del proletariado. Se arrojaba, claro está, de una manera especial contra quienes se imponían como misión de su vida la de derrocar el absolutismo de los zares y el capitalismo.

Si el camarada Stalin hubiera narrado solamente las actividades más habituales de su vida, sus condiciones de existencia, sus encuentros con diferentes personas, etc., podría resultar el más interesante relato, saturado de romanticismo revolucionario, en el que los momentos cómicos se transforman con frecuencia, de un modo maravillosamente rápido, en episodios trágicos, en los que se exige del hombre no sólo firmeza de carácter y una voluntad férrea, sino también un heroísmo constante; cualidades que, en esencia, son las que precisamente ha conservado el camarada Stalin.

Se puede decir sin exageración que el camarada Stalin es uno de los sucesores directos de los mejores hijos del pueblo ruso, como Belinski, Dobroliubov, Chernishevski y otros. Y no sólo porque supo convertir en realidad, basándose en el marxismo-leninismo, los mejores sueños y anhelos de estos hombres, sino también por la formación de su vida: intransigencia frente a la situación entonces vigente, odio proletario hacia las clases dominantes, lucha directa y perenne contra los opresores.

La comprensión amplia y profunda de toda la vida social, en todas sus manifestaciones, incluso en la literatura y las artes, se reflejaba directamente en las actividades clandestinas del camarada Stalin, en su lucha contra el zarismo y contra el capitalismo.

He aquí lo que se oculta bajo la “crónica” seca e impasible. He aquí por qué nos es tan querida esta “crónica”. Pues ella testimonia la cúspide de la nobleza humana y en ella vemos los mejores rasgos del hombre, del revolucionario ruso.

Después de los acontecimientos del Lena, la ola del movimiento revolucionario del proletariado iba subiendo. En la primera mitad de 1914, las manifestaciones obreras se hicieron muy frecuentes. En Petersburgo y en toda una serie de grandes ciudades, fueron levantadas barricadas. El periódico más reaccionario, “Novoie Vremia”, escribía, poseído de alarma:

“En los días de julio de 1914 se observa por todas partes una efervescencia extraordinaria; se sienten profundas conmociones, que recuerdan los años rojos de 1905-1907”.

Pero, en 1914, el ascenso de la Revolución fue interrumpido por el comienzo de la guerra mundial imperialista. El gobierno zarista se aprovechó de la guerra para arrojarse con todas sus fuerzas contra el Partido bolchevique y el movimiento obrero.


VI

Todos los partidos oportunistas, en la Europa Occidental lo mismo que en Rusia, desde el comienzo mismo de la guerra imperialista, se pusieron abiertamente al lado de sus gobiernos. Y en aquel momento de delirio chovinista general, sólo Lenin, sólo el Partido bolchevique, puso en alto la bandera del internacionalismo. El camarada Stalin, hallándose desterrado, apoyó y defendió plenamente las posiciones de Lenin en los problemas de la guerra, de la paz y de la revolución, en el terreno de la teoría y de la táctica, replicando desde su destierro a las ideas oportunistas de algunos afiliados de nuestro Partido.

El camarada Stalin escribe desde su destierro a Lenin (en 1915), interviene en la asamblea de los deportados bolcheviques, en la aldea Monastiskoie (1915), y condena la conducta cobarde y traidora de Kámenev ante los tribunales, con motivo del proceso contra los diputados bolcheviques de la IV Duma del Estado.

Al saludar, juntamente con un grupo de deportados bolcheviques, la aparición de la revista bolchevique legal “Problemas del seguro”, el camarada Stalin escribía en 1916, que las tareas de esta revista consistían en “poner todas las fuerzas y energías al servicio también del seguro ideológico de la clase obrera de nuestro país contra la prédica profundamente perversa, antiproletaria de los señores Potrésov, Levitski y Plejánov que contradice radicalmente a los principios del internacionalismo”.

La guerra imperialista evidencia la debilidad económica de Rusia, a su atraso técnico y la completa incapacidad del gobierno zarista para dirigir las operaciones militares. Pese a la enorme firmeza y al heroísmo del ejército ruso, éste sufría derrota tras derrota.

La desorganización y la ruina de la economía nacional iba en aumento, poniendo al ejército, que sufría una falta crónica de municiones, en situación sumamente penosa.

En aquel momento, no ya sólo el Partido de Lenin y Stalin, el Partido bolchevique, sino también las mismas clases dominantes vieron que el régimen zarista estaba en completa bancarrota.

La situación de la clase obrera, especialmente en lo que se refiere al abastecimiento, empeoraba gravemente. Su descontento crecía.

Todo esto socavó profundamente el régimen zarista, haciéndolo inestable.

Y entonces se manifestaron los resultados de largos años de actividad del Partido bolchevique, del Partido creado y educado amorosamente por Lenin y Stalin.

El primero en alzarse fue el proletariado de Petrogrado. Estalló la revolución de febrero. Los bolcheviques dirigían la lucha directa de las masas en la calle.

En marzo llegó del destierro el camarada Stalin, y no sólo de hecho, sino también como miembro efectivo del C.C., se puso al frente del Partido que impulsaba la revolución.

En aquellos días se había establecido en el país una dualidad de poderes: paralelamente al gobierno burgués provisional funcionaba otro gobierno: el Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado.

Al día siguiente de su llegada, el camarada Stalin escribía en las columnas de “Pravda”:

“Para aniquilar el antiguo Poder, era suficiente la unión temporal de los obreros y soldados sublevados. Ya que es de por sí evidente que las fuerzas de la revolución rusa residen en la alianza de los obreros y de los campesinos, vestidos de uniforme militar.

Pero para conservar los derechos conquistados y seguir desarrollando la revolución, no es suficiente, de ningún modo, sólo la unión temporal de los obreros y soldados.

Para ello es indispensable que esta unión sea consciente y firme, duradera y tenaz, lo suficientemente tenaz para contrarrestar los intentos provocadores de la contrarrevolución. Puesto que es evidente para todos que la garantía de la victoria definitiva de la revolución rusa está en asegurar la unión del obrero revolucionario con el soldado revolucionario.

Los órganos de esta unión son precisamente los Soviets de Diputados Obreros y Soldados.

Y cuanto más estrechamente estén cohesionados estos Soviets, cuanto más sólidamente estén organizados, tanto más eficaz será el Poder revolucionario del pueblo revolucionario, del cual es encarnación; tanto más reales serán las garantías contra la contrarrevolución.

Fortalecer estos soviets, extenderlos por todas partes, enlazarlos entre sí, dirigidos por el Soviet Central de Diputados Obreros y Soldados, como órgano del Poder revolucionario del pueblo; he aquí en qué sentido deben realizar sus actividades los socialdemócratas revolucionarios”. (Lenin y Stalin, Obras escogidas, 1917, págs.. 10-11, ed. rusa.)


La Cheka ha extraído este texto del libro El sexagésimo aniversario de Stalin de M. Kalinin. Moscú: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1939.
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EL SEXAGÉSIMO ANIVERSARIO DE STALIN (LIBRO DE MIJAÍL KALININ) Parte I


“Podéis estar seguros, camaradas, de que estoy dispuesto en adelante también a entregar a la causa de la clase obrera, a la causa de la Revolución proletaria y del comunismo mundial, todas mis fuerzas, todo lo que yo valgo y puedo y, si hiciera falta, hasta la última gota de mi sangre”.

I. STALIN.


Han transcurrido sesenta años desde el día en que nació el camarada Stalin. Los pueblos de la Unión Soviética saludan calurosamente a su gran jefe. El proletariado en lucha de los países capitalistas y los oprimidos del mundo entero alzan con gran orgullo sus miradas hacia el camarada Stalin, vinculando en él sus mejores esperanzas y anhelos.

En relación con ello, voy a permitirme parar la atención en algunos de los momentos más importantes de la actuación política del camarada Stalin.

I

La actuación social y política de un hombre puede ser expuesta más o menos acertadamente sólo si se tienen en cuenta los factores de la vida social y las condiciones en las que se ha desenvuelto su actuación.

El camarada Stalin empezó a actuar en la lucha política desde la más temprana edad. Ya siendo alumno del seminario eclesiástico de Gori, adoptó una posición negativa frente al régimen de la autocracia zarista. Al terminar los estudios en dicho colegio, en 1894, el camarada Stalin, como mejor alumno, ingresó en el seminario (ortodoxo) de Tiflís, donde comenzó a participar, a los 15 años de edad, en el movimiento revolucionario. Intervino en los círculos socialdemócratas estudiantiles, no ya de una manera casual, pasiva, sino como iniciador, organizador y dirigente, poniéndose en relación con los grupos clandestinos de marxistas rusos deportados entonces a Transcaucasia. Estos ejercieron sobre él una gran influencia y le inculcaron el cariño a la literatura marxista, que se editaba clandestinamente.

En 1897, el camarada Stalin se pone en contacto con la organización socialdemócrata ilegal de Tiflís, en calidad de representante de los círculos clandestinos del seminario. En 1898, ingresa ya formalmente en la organización del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, en Tiflís. Desde entonces, su labor ilegal se amplía: propaga el marxismo en los círculos obreros de los radios ferroviario e industrial.

La dirección del seminario, que se había dado cuenta de que se trataba ya de un hombre hecho y derecho al que no se podía hacerle regresar a la senda de la lealtad al gobierno zarista, expulsó al camarada Stalin del seminario.

Era éste su primer gran choque con la realidad social y política de entonces. Pero la expulsión del seminario no le planteó en forma aguda el problema de qué camino seguir. Este problema lo había ya resuelto de un modo consciente cuando todavía estaba en el seminario. Era el camino de la lucha revolucionaria, de la lucha bajo la bandera del marxismo. El terreno para ella estaba, en Georgia, bastante preparado.

Aunque formalmente Georgia no era considerado como país conquistado por las armas rusas, sino incorporado por voluntad propia a Rusia, la administración era ejercida, sin embargo, por sátrapas zaristas, rodeados de un aparato burocrático exclusivamente ruso. Claro que no sólo no defendía los intereses populares de Georgia, sino que ni siquiera los comprendía. Incluso la más alta aristocracia georgiana, que servía sinceramente, en contra de los intereses nacionales, a la autocracia zarista, fue empujada por sus arbitrariedades a las filas de la oposición. Por eso, todo lo que fuera revolucionario y de oposición encontraba un eco vivo entre las masas del pueblo georgiano.

A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, soplaron sobre Rusia vientos revolucionarios. El descontento por la situación dominante había empezado a manifestarse en las acciones revolucionarias de los obreros: aumentó la cantidad de huelgas en las fábricas y en los talleres, surgieron las manifestaciones políticas y, en muchos sitios, se celebraba ilegalmente el 1° de Mayo. Bajo la influencia de la lucha revolucionaria del proletariado, comenzó también el movimiento estudiantil. Aumentaba la efervescencia entre los campesinos, que recurrían cada vez más frecuentemente a los motines contra los terratenientes, llegando muchas veces incluso a incendiar las casas señoriales.

La parte activa de los obreros se unían en círculos ilegales, bajo la bandera de la socialdemocracia. Era evidente la aspiración general, aunque quizá no del todo consciente, a crear una organización revolucionaria única y el vivo deseo de tener un centro ilegal.

En aquellos tiempos fue cuando en Petesburgo desarrolló con bastante amplitud sus actividades la “Unión de lucha por la emancipación de la clase obrera”, fundada por Lenin.

Un proceso análogo se desenvolvía también en Georgia. Los obreros, sobre todo en Tiflís, eran de tendencias revolucionarias. Habíase creado círculos ilegales de propaganda; se celebraba asambleas en las montañas, en las que intervenían 100 y más hombres; se difundía proclamas y se organizaba huelgas. A fines de la última década del siglo pasado y al comienzo de la primera del siglo actual, sobrevino una ola de grandes huelgas en la fábrica de Bosardzhiants, en la fábrica de curtidos de Adeljanov, en la empresa de tranvías de caballos, en las imprentas y en los talleres ferroviarios, etc.

La efervescencia abarcó también al campo. La situación penosa de los campesinos: la escasez de tierra, la miseria, la necesidad de andar en busca de trabajo, etc., hacía nacer en ellos un estado de oposición a las autoridades y al régimen existente, impulsándolos a la acción revolucionaria. Los vínculos establecidos por los obreros con los campesinos contribuía, sin duda, a propagar las ideas revolucionarias entre los campesinos.

Todo esto creaba grandes posibilidades para desarrollar una actividad revolucionaria no sólo entre los obreros, sino también entre los campesinos. Por consiguiente, en Georgia había comenzado relativamente pronto la extensión de las ideas marxistas. “Las condiciones especiales de la vida social y política en el Cáucaso – dice Lenin – favorecían la formación allí de las organizaciones más combativas de nuestro Partido”. Personalmente, conservo aún la impresión de que incluso las formas exteriores de las acciones revolucionarias de la clase obrera y de los campesinos eran siempre más agudas en Georgia que en otras regiones de Rusia.

En 1893, aparece en Georgia la primera organización marxista de la socialdemocracia, “Mesame-dasi”, heterogénea por sus tendencias políticas. Adolecía de un mal de origen propio del movimiento revolucionario de entonces, mal que se hacía extensivo a otras regiones de Rusia. Los mesamedasistas solían recalcar sólo el papel progresivo del capitalismo y no veían sus aspectos negativos; tergiversaban la doctrina del marxismo sobre la lucha de clases, limitando las posibilidades revolucionarias a conquistas parciales, a éxitos locales, a los intereses estrechamente nacionalistas de la burguesía. No se proponían la misión de crear un partido como organización de combate del proletariado. No enseñaban ni preparaban a los obreros para la acción revolucionaria; no les educaban en el espíritu del internacionalismo proletario.

Los revolucionarios obreros, los activistas, tenían conciencia de la necesidad de un partido. Pero incluso entre ellos este concepto era limitado. Todo se supeditaba a la fuerza de la idea. Resultaba que el carácter revolucionario de la acción, el valor, la audacia y la abnegación en la lucha práctica se combinaban de un modo extraño con la estrechez de miras en cuanto a las posibilidades de organización. Convencidos de la necesidad de un partido, tenían una idea vaga de su centro de dirección. No se imaginaban el centro del partido como un organismo dotado en plenitud de poderes, llamado a dirigir todo el trabajo de partido, todas las manifestaciones y formas de lucha de la clase obrera. Incluso cuando pensaban en tal centro, se lo imaginaban más bien como cierto órgano de enlace e información recíproca, de técnica conspirativa (para organizar entrevistas, proveer de pasaportes, cifras, etc.), de edición y difusión de literatura ilegal, distribución de propagandistas, etc. Pero los que tenían este concepto sobre el centro del partido parecían “políticos obreros” más que combatientes de un partido revolucionario del proletariado. De ahí al oportunismo no había más que un paso.

Pero el camarada Stalin aparece en el movimiento obrero, ingresando en el grupo de los “mesamedasistas”, y aporta al trabajo socialdemócrata una nueva corriente de principios y de objetivos claros en la acción revolucionaria.

En 1898, Stalin organiza dentro de “Mesame-dasi” el grupo marxista revolucionario de la minoría. Era el único grupo de Georgia que se proponía la misión de llevar el movimiento obrero revolucionario por el cauce de a lucha política contra la autocracia en toda Rusia.

Venciendo enérgicamente la resistencia de la mayoría oportunista, el camarada Stalin sabe hacer virar la organización socialdemócrata de Tiflís por el camino de la agitación política de masas, por el camino de la lucha abierta contra el absolutismo zarista. Crea el grupo socialdemócrata central de la organización de Tiflís, como centro dirigente, el cual realizó un gran trabajo tendente a formar una organización socialdemócrata ilegal en Transcaucasia. Comprende la importancia de un partido revolucionario centralizado de los proletarios, considerando el movimiento revolucionario de Georgia como parte integrante del movimiento de roda Rusia. Se convierte en el jefe proletario revolucionario en todo el sentido de la palabra.

Los historiadores tropezarán con bastante dificultad para hacer la biografía del camarada Stalin, a pesar de ser tan sencilla, mejor dicho, precisamente por ser tan sencilla.

Stalin actúa desde el principio como dirigente, aunque él mismo, en un discurso pronunciado en la asamblea de los ferroviarios de Tiflís, llama a aquel período de su actividad el período de su aprendizaje. Lo cierto es que no sólo aprendía de las masas – una de las condiciones indispensables para un jefe proletario –, sino que también las dirigía.

Stalin empezó a actuar en la ilegalidad. Y esto no es casual. Aquí estriba la diferencia de principio con los marxistas legales o semilegales.

Se podría afirmar que, desde su primera intervención pública (se entiende que en círculos ilegales o semilegales), el camarada Stalin determinó con bastante exactitud la línea marxista revolucionaria, oponiéndola a la línea oportunista de los mesamedasistas.

Fue él quien puso la primera piedra en el edificio de la socialdemocracia revolucionaria en Transcaucasia, dando pasos prácticos en el camino de la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero.

Los años 1900-1901 era años de ascenso continuo del movimiento obrero revolucionario en toda Rusia. En la sociedad se sentía la voluntad de luchar. El “Presagio de la tempestad” de Gorki pareció sintetizar el estado general de ánimo, el anhelo de luchar contra la autocracia y su régimen.

En diciembre de 1900, aparece en el extranjero el primer número del periódico “Iskra”.

Con la aparición de “Iskra”, los objetivos de la clase obrera se hacen más claros para los revolucionarios; especialmente, claro está, para aquellos que ya se han planteado estos objetivos. Paralelamente, se evidencia más el oportunismo de muchos dirigentes de las organizaciones locales del Partido, sobre todo de los economistas.

El grupo central de Tiflís, dirigido por el camarada Stalin, se coloca sin vacilación alguna bajo la bandera de la “Iskra” de Lenin y desarrolla sus actividades en este sentido.

Para el camarada Stalin, los artículos de “Iskra” eran, en mi opinión, no tanto una revelación como una confirmación autorizada de los conceptos que sobre el movimiento revolucionario ya tenía formados.

Apareció altamente la importancia de un órgano de prensa ilegal para estructurar el Partido, para concentrar las fuerzas de la clase obrera y propagar las ideas del marxismo revolucionario. El periódico “Brdsola” (“La lucha”), creado por iniciativa suya, en 1901 (se imprimía por razones conspirativas en Bakú), desempeñó un papel importantísimo en la lucha contra los oportunistas de Georgia, defendiendo en el sentido de la “Iskra” leninista las bases teóricas del marxismo revolucionario y las tareas de la lucha de clases del proletariado. Esto lo testimonian los problemas de principio planteados en sus columnas, problemas que inquietaban a los espíritus más progresivos del movimiento obrero socialdemócrata de Rusia. Se referían, ante todo, al carácter de la revolución inminente, al papel e importancia de la clase obrera dentro de ella, a la estrategia y táctica de su Partido.

Desarrollando la idea leninista sobre la hegemonía del proletariado en la revolución democráticoburguesa, “Brdsola” escribía:

“Basta dirigir una mirada a la vida social de Rusia, a las relaciones mutuas de sus diferentes clases, para convencerse de que la fuerza principal en Rusia está representada por la unión de las fuerzas del proletariado revolucionario. La burguesía, cuya fuerza radica en sus bolsillos sin fondo, se siente perfectamente bajo centro del absolutismo. El proletariado es la fuerza firme llamada a destruir el absolutismo”.[*]
“Brdsola” educaba a los obreros y trabajadores de Transcaucasia en el espíritu del internacionalismo proletario y defendía la comunidad de principios del movimiento obrero de toda Rusia.

“El movimiento socialdemócrata de Georgia – escribía “Brdsola” – no es un movimiento obrero aislado, solamente georgiano, con su programa propio. Marcha a la par con todo el movimiento de Rusia y, por consiguiente, se subordina al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia”.

“Brdsola” desempeñó un gran papel en la consolidación ideológica y orgánica del movimiento socialdemócrata de Tiflís. En noviembre de 1901, se convoca la primera Conferencia socialdemócrata de la organización de Tiflís, en la que están representados casi los círculos socialdemócratas. La Conferencia elige el Comité del P.O.S.D de Rusia en Tiflís, de tendencia leninista-iskrista. Era una gran victoria de la socialdemocracia revolucionaria de Georgia. El papel principal en esta conquista le corresponde al camarada Stalin.

El trabajo conspirativo tiene sus peculiaridades. Obliga al militante revolucionario a ocultarse. Es rara la vez que le proporciona la ocasión de manifestar sus puntos de vista de modo legal, especialmente en la prensa. Por lo mismo, es completamente natural que los primeros años de la actuación ilegal del camarada Stalin disten mucho de estar suficientemente estudiados. Pero aun los pocos hechos que conocemos son bien elocuentes.

He aquí uno de estos hechos: Los mesamedasistas formaban escuelas dominicales, donde enseñaban los conocimientos más elementales. Una vez, Stalin fue a una de estas escuelas y habló, en dos o tres asambleas obreras, sobre la lucha de clase del proletariado. Luego preguntó a uno de los obreros: “¿Qué os enseñan en la escuela dominical?”. Y cuando éste respondió que allí le explicaban el movimiento del sol, Stalin le dijo sonriendo: “mira, no te preocupes, el sol no va a desviarse de su camino. Pero estudia también cómo debe desarrollarse el movimiento revolucionario, y ayúdame a organizar una pequeña imprenta ilegal”.

En este hecho se refleja, como el sol en una gota de agua, la imagen del dirigente de las masas proletarias.

He aquí, pues, todo el período inicial de la actuación del camarada Stalin: expulsión del seminario eclesiástico de Tiflís por ser políticamente sospechoso; paso inmediato al trabajo ilegal; esfuerzos prácticos por hacer de los círculos obreros clandestinos, focos de la lucha revolucionaria de clase; dirección de huelgas, composición de proclamas, formación de un grupo socialdemócrata central de la organización de Tiflís, edición del periódico ilegal “Brdsola”, testimonian claramente que el camarada Stalin, desde el comienzo de su actuación revolucionaria, seguía la senda leninista. Su acción revolucionaria en Tiflís coincidió plenamente con los principios políticos de la “Unión de lucha por la emancipación de la clase obrera”, de Petesburgo, dirigida por Lenin.

II

A fines de noviembre de 1901, el Comité del P.O.S.D de Rusia en Tiflís envió al camarada Stalin a Batum, para realizar un trabajo ilegal.

Batum era en aquellos tiempos un importante centro industrial de destilación de petróleo.

Los obreros eran explotados despiadadamente, sobre todo, los de nacionalidad adzhariana.

El ascenso general del movimiento revolucionario de Rusia alcanzó también a Batum.

“Desde 1893 – cuenta Osman Gurgenidse –, trabajé en los talleres de Rotschild, en Batum…

Hasta la llegada del camarada Stalin, en Batum no se llevaba a cabo un verdadero trabajo revolucionario entre los obreros de los talleres.

Sólo en 1901, los obreros de las fábricas sintieron una mano firme que organizaba y encauzaba hábilmente a los obreros, unificando su acción.

Era la mano del camarada Stalin, quien, desde el primer día de su llegada a Batum, realizaba un gran trabajo para organizar la lucha revolucionaria de la clase obrera.

El camarada Stalin puso en marcha, en muy poco tiempo, una serie de círculos socialdemócratas, a los que atrajo a los obreros más avanzados de los talleres de Matashev y Sideridis. En estos círculos participaron también algunos obreros de nuestros talleres. El camarada Stalin subraya al mismo tiempo, de un modo especial, la necesidad de atraer a los círculos a obreros de diferentes nacionalidades, la tarea de educar en el espíritu internacionalista a los trabajadores.

El 31 de diciembre de 1901, en una asamblea de representantes de los círculos, el camarada Stalin dio forma a la organización socialdemócrata de Batum.

“En vísperas de Año Nuevo – cuenta Kuridse –, el camarada Stalin reunión a todos los encargados de los círculos y les propuso festejar el Año Nuevo. La proposición fue recibida con júbilo.

En la última noche del año, nos reunimos en casa de Silibistro Lomdzharia.

Las bromas de Stalin provocaban la risa unánime. Todos sentían magníficamente. De un modo imperceptible, nuestra conversación pasó a temas políticos y nuevamente, en medio del silencio que se apoderó de todos, se oyó la voz emocionada de Stalin.

Así pasamos toda la noche, hasta el amanecer. Y cuando en la habitación penetró la tenue luz del alba, Stalin levantó su copa y dijo a modo de brindis:

“¡Bien, ya llega la aurora! Pronto saldrá el sol. Será el sol que ha de iluminarnos a todos nosotros”.

En aquella reunión, se destacó el grupo dirigente del Partido que, de hecho, era el Comité del P.O.S.D. de Rusia en Batum.

En enero de 1902, según cuenta Darajvelidse, el camarada Stalin marchó por algunos días a Tiflís. Resultó que se había ido con tipos de en tres idiomas: en ruso, georgiano y armenio. Con ayuda de los obreros de los talleres de Rotschild, la máquina fue montada y la “empresa” marchaba a todo vapor. Stalin escribía proclamas, un tal Georgio (no recuerdo su apellido) las componía y todos nosotros, juntamente con Stalin, imprimíamos: manejábamos por turno el volante de la prensa.

En enero de 1902, el camarada Stalin organizó la primera gran huelga en Batum, en los talleres de Mantashev, y en febrero, dos grandes huelgas en los talleres de Rotschild, que terminaron con el triunfo de los obreros.

El gobierno zarista se inquietó por la organización y por la tenacidad que los huelguistas ponían en la lucha. Y le sobraban motivos para ello. Todavia un poco antes de la huelga, la policía secreta de Batum comunicaba que el desarrollo del movimiento socialdemócrata en aquella ciudad había obtenido muchos éxitos, porque “en el otoño de 1901, el Comité de Tiflís del P.O.S.D. de Rusia envió a la ciudad de Batum, para hacer propaganda entre los obreros de los talleres, a uno de sus miembros, Iosif Vissarionovich Dzhugashvilli, antiguo alumno de la sexta clase del seminario eclesiástico de Tiflís. Gracias a las actividades de Dzhugashvilli… en todos los talleres de Batum empezaron a surgir organizaciones socialdemócratas, a cuyo frente se hallaba al principio el Comité de Tiflís”.

A fin de aplastar la huelga con las fuerzas de la policía, llegó a Batum el gobernador militar de Kutaís.

En respuesta a la detención de 32 obreros huelguistas, el camarada Stalin organizó el 8 de marzo una manifestación obrera de masas, en la que participaron unas 400 personas. Los manifestantes se acercaron a la comisaría de policía, exigiendo la libertad de los obreros detenidos. La policía detuvo a más de 300 manifestantes.

Al día siguiente, el camarada Stalin organizó una gran manifestación política de los obreros de Batum, en la que participaron unas 6.000 personas.

“Entonces – cuenta Ingerabian – no sabíamos todavía que esta manifestación había sido organizada por el camarada Stalin. Pero por la rapidez con que se nos fue comunicada la orden sobre la manifestación y por la manera como se preparaba comprendimos que estaba dispuesta por un organizador muy capaz y experto, que sabía mejor que nadie adónde llevarnos y cómo había que hacer las cosas…

La manifestación del 9 de marzo de 1902 jamás se borrará de mi memoria. Enormes masas obreras llenaron las calles que conducen hacia el cuartelillo donde se hallaban los obreros detenidos. Delante del grupo de obreros, marchaba en la manifestación el camarada Stalin.

La manifestación se acercó hasta la misma guardia. Los soldados, formados fusil en mano, estaban dispuestos a atacarnos.

Su comandante, el oficial Antadse, exigió que la manifestación se dispersara; de lo contrario, amenazaba con disparar.

En el primer momento, algunos obreros, entre los que me hallaba yo también, vacilaron. Pero en la manifestación resonó una voz poderosa que nos invitaba a no dispersarnos, a exigir con mayor energía aún la libertad de los presos.

Era el llamamiento hecho por el camarada Stalin.

Sus palabras ardientes cohesionaron a los manifestantes y nadie se movió de su sitio.

Por el contrario, muchos obreros empezaron a arrojar piedras contra el oficial y sus soldados, exigiendo enérgicamente la libertad de los presos…

Esta manifestación, organizada y dirigida por Stalin, nos convenció una vez más de que únicamente la lucha enérgica contra el absolutismo, con las armas en la mano, llevará a los trabajadores hacia la victoria.”

Los acontecimientos de Batum, cuyo inspirador ideológico y dirigente inmediato fue el camarada Stalin, dejaron una huella profunda en la conciencia de los obreros, ya que, en aquellas acciones concretas, se manifestó la táctica revolucionaria del bolchevismo, en una época en la que éste no existía aún como corriente política determinada.

Y en efecto, el camarada Stalin logra organizar en un plazo muy breve, en todos los talleres y fábricas importantes de Batum, círculos clandestinos que él enlaza en una sola organización, bajo las banderas de la socialdemocracia; crea un órgano ilegal de prensa, con gran influencia sobre las grandes masas obreras. Las fuerzas así cohesionadas desde el punto de vista ideológico y orgánico las dirige a la lucha contra el capital, por mejorar la vida de los obreros.

Es completamente natural que, dadas las condiciones entonces reinantes, una huelga bien organizada enfrentase a los obreros con la autocracia. Las huelgas en las que prevalecían las reivindicaciones económicas evolucionaban hasta una fase superior, transformándose en manifestaciones políticas de todos los obreros de Batum, es decir, en la lucha inmediata contra el régimen zarista.

¡Qué rápidos y gigantescos progresos políticos hicieron los obreros de Batum, en un plazo tan corto, bajo la dirección del camarada Stalin! Y esto a pesar de que su dirección era ilegal, a pesar de que formalmente no imponía nada a nadie.

Los acontecimientos de Batum tuvieron un eco poderosísimo en todo el país, adquiriendo importancia política para toda Rusia.

En abril de 1902, el camarada Stalin fue detenido y encerrado en la cárcel de Batum. Pero aun desde la cárcel continuaba dirigiendo las actividades de la organización socialdemócrata de Batum, por él creada. En abril de 1903, cuando la policía se enteró de ello, representantes de las diversas corrientes políticas, defiende y propaga las ideas leninistas-iskristas. En la primera mitad de noviembre del mismo mes, es deportado por tres años a la Siberia Oriental, al departamento de Balagán, provincia de Irkutsk, a la aldea Novaia uda.

En enero de 1904, es decir, un mes después de haber llegado a Novaia Uda, el camarada Stalin se fugó del destierro y regresó a Tiflís. Allí se puso al frente de la organización bolchevique de Transcaucasia y entabló una lucha implacable contra el menchevismo.

De un modo regular iba a Batum, a Chiaturi, a Kutaís y a Bakú, organizando y cohesionando allí las filas bolcheviques, polemizando de palabra y por escrito contra los mencheviques, lo mismo que contra los socialrevolucionarios, los anarquistas y los nacionalistas.

A fines de 1904, el camarada Stalin convirtió formalmente la organización leninista-iskrista de Transcaucasia en una organización bolchevique, que luchó por que fuese convocado el III Congreso del Partido.

En noviembre de 1904, se celebró en Tiflís una Conferencia bolchevique de los Comités del Cáucaso, que resolvió organizar la lucha y hacer una vasta agitación por la convocatoria del III Congreso del Partido.

A fines de 1904, el Comité del P.O.S.D. de Rusia en el Cáucaso envía al camarada Stalin a Bakú, para intensificar la campaña en favor de la convocatoria del III Congreso del Partido. En diciembre del mismo año, se desarrolla en Bakú, bajo la dirección del camarada Stalin, una gran huelga de los obreros petrolíferos, que termina con la victoria de éstos: por primera vez en la historia del movimiento obrero de Rusia, se concierta un contrato colectivo de trabajo entre los obreros y los patronos de la industria petrolera. “La huelga de Bakú, escribió más tarde el camarada Stalin, fue la señal para las gloriosas acciones de enero y febrero en toda Rusia”. (“Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S.”, pág. 66.)

III

Al estallar la guerra rusojaponesa, los bolcheviques de Transcaucasia siguieron en la práctica, consecuente e inflexiblemente, la línea leninista tendente a la derrota del gobierno zarista, y llamaban a los obreros y campesinos a hacer más intensa la lucha revolucionaria, a derrocar el zarismo. El Comité de la Unión del Cáucaso y los Comités de Tiflís y Bakú del P.O.S.D de Rusia lanzaron una serie de proclamas, escritas principalmente por Stalin. Estas proclamas llamaban a los obreros y campesinos:

“¡Despertémonos, camaradas, despertémonos y actuemos! ¡El tiempo no espera!”

Invitar a los soldados a pasarse al lado de los obreros y campesinos, volviendo sus armas contra el zar y los terratenientes:

“¡No sois más que obreros, a los que sólo temporalmente han puesto uniformes militares! ¡Sabed, hermanos, que si nos libertamos nosotros, también vosotros seréis libres!”

Una serie de derrotas sufridas por el ejército zarista en Machuria fortaleció el incremento del movimiento revolucionario y de oposición en toda Rusia.

La matanza del 9 de enero de 1905 en Petesburgo sirvió de nuevo impulso para acrecentar la lucha revolucionaria del pueblo en toda Rusia. Las huelgas obreras en las ciudades y en los centros fabriles, los movimientos campesinos, las huelgas estudiantiles, los choques del pueblo con la policía y con las tropas, todo esto minaba las bases del absolutismo. Las fuerzas revolucionarias salían a la calle.

Desde el comienzo de la revolución, el camarada Stalin participó ya como dirigente de la organización bolchevique de Transcaucasia. Desarrolla una gran labor teórica en defensa de los principios ideológicos, orgánicos y tácticos del Partido marxista de la clase obrera.

Corresponde a aquel período, por ejemplo, el notable folleto de Stalin titulado “A propósito de las discrepancias en el Partido”, en el que defendía y desarrollaba la tesis leninista sobre la necesidad de inculcar la conciencia socialista al movimiento obrero espontáneo, sobre la necesidad de fundir la teoría revolucionaria con el movimiento obrero de masas, sobre el papel dirigente de la socialdemocracia revolucionaria.

“El movimiento obrero – escribía el camarada Stalin – debe fundirse con el socialismo; su actividad práctica debe ir en relación estrecha con la teoría, dando así al movimiento obrero espontáneo un sentido socialdemócrata y una fisonomía propia… Nosotros, los socialdemócratas, debemos impedir que el movimiento obrero espontáneo siga la senda del tradeunionismo, debemos dirigirlo por el cauce socialdemócrata, inculcar la conciencia socialista a este movimiento y agrupar las fuerzas avanzadas de la clase obrera en un Partido centralizado. Nuestro deber es el de dirigir siempre y en todas partes este movimiento, luchando enérgicamente contra todos – enemigos o “amigos” – los que se cruzan en el camino hacia la realización de nuestros objetivos sagrados”. (Citado según el libro de L. Beria.)

El problema de los elementos consciente y espontáneo del movimiento obrero fue analizado por el camarada Stalin, además, en su artículo “Una respuesta al ‘socialdemócrata’”, donde escribió:

“La vida actual está organizada según la manera capitalista. Existen dos grandes clases: la burguesía y el proletariado, que luchan a vida o muerte. A la primera, su situación en la vida le impulsa a consolidar el orden capitalista. En cambio, a la segunda, la misma situación le obliga a socavar y destruir el régimen capitalista. De acuerdo con estas dos clases, también la conciencia presenta, respectivamente, dos caracteres: el burgués y le socialista. A la situación del proletariado corresponde la conciencia socialista…

Pero ¿qué importancia tendría la conciencia socialista aisladamente, si no se extendiera entre el proletariado? Seguiría siendo tan sólo una fase vacía, y nada más. Pero muy de otro modo se presentarán las cosas, cuando esta conciencia sea extendida al proletariado: éste adquirirá la conciencia de su situación y se encaminará a pasos acelerados hacia la vida socialista. Y aquí aparece la socialdemocracia (y no sólo unos intelectuales socialdemócratas) que inculca al movimiento obrero la conciencia socialista…” (Lugar citado.)

Lenin se solidarizó por completo con este artículo del camarada Stalin, subrayando especialmente la “magnífica manera de plantear el problema de la famosa ‘inculcación de la conciencia desde fuera’”.

En contraste con la confusión menchevique en los conceptos sobre el Partido, el camarada Stalin indicaba que el Partido del proletariado “debe ser un Partido de clase, completamente independiente de otros partidos, porque es un Partido de la clase proletaria, cuya liberación puede ser realizada solamente por sus propios esfuerzos.

Debe ser un Partido revolucionario, porque la liberación de los obreros sólo es posible por vía revolucionaria, por medio de la Revolución socialista.

Debe ser un Partido internacional, cuyas puertas han de estar abiertas para cada proletario consciente, porque la liberación de los obreros no es un problema nacional, sino un problema social que tiene igual importancia para un proletario georgiano que para un proletario ruso y para los proletarios de otras naciones.

De ahí resulta con toda claridad que cuanto más estrechamente se unan los proletarios de las diversas naciones, cuanto más radicalmente serán demolidas las barreras nacionales levantadas entre ellos, tanto más poderoso será el Partido del proletariado y tanto más fácil será organizar a los proletarios en una clase inseparable”. (Ligar citado.)

El camarada Stalin sometió a una crítica mordaz los intentos de los “dashnakes” de organizar sindicatos de partido, es decir, en el fondo, sindicatos nacionalistas, demostrando claramente lo perniciosa que es la consigna de “sindicatos de partido”. Subrayaba con toda energía que “… los sindicatos de partido abren un abismo entre los obreros conscientes e inconscientes… mientras todos los fabricantes se unen… en un solo sindicato, los dashnakes… aconsejan dividirse en diversos grupos”. (Lugar citado.) Es evidente que esto constituía una amenaza grave para el movimiento obrero. Esta amenaza fue eliminada a tiempo por el camarada Stalin.

Los obreros de Transcaucasia marchaban en las primeras filas de la revolución popular. El 18 de enero de 1905, estalló la huelga general de los obreros de Tiflís. Luego estallaron también huelgas generales, acompañadas de manifestaciones de masas y colisiones con la policía y las tropas, en Bakú, en Batum, en Chiatura, en Kutaís y en otras ciudades.

La ola del movimiento revolucionario del proletariado engloba en vasta escala, también a los campesinos de Georgia. Estallan las insurrecciones armadas en los departamentos de Oaurget, Sugdid, Senak, Gori, Dushet, Tiflís y Telav. Los campesinos organizan comités revolucionarios, se apoderan de las tierras señoriales, suprimen los impuestos y boicotean a los órganos del gobierno zarista.

La lucha revolucionaria de los obreros y campesinos de Transcaucasia era dirigida por el Comité de Tiflís del P.O.S.D. de Rusia, a cuyo frente se hallaba Stalin.

El III Congreso de nuestro Partido estimó en mucho el movimiento revolucionario de Transcaucasia, y por lo mismo, también, a la dirección bolchevique de Transcaucasia. A propuesta de Lenin, el III Congreso del P.O.S.D de rusa envió, en nombre del proletariado consciente de Rusia, un caluroso saludo al heroico proletariado y a los campesinos del Cáucaso, encargando al Comité Central del Partido y a los Comités locales de “tomar las medidas más enérgicas para propagar con la mayor amplitud las noticias sobre la situación en el Cáucaso, por medio de folletos, de mítines, de asambleas obreras, de charlas en los círculos, etc., así como para apoyar oportunamente al Cáucaso con todos los medios de que disponen”.

La organización bolchevique de Transcaucasia, dirigida por el camarada Stalin, demostró comprender profundamente las tareas de la revolución y ofreció los mejores ejemplos en la realización de la línea leninista, al preparar la insurrección armada. El camarada Stalin decía claramente que la revolución no podría vencer sin armas, y que el revolucionario que afirme: “¡Abajo las armas!”, no es un revolucionario, sino un partidario de Tolstoi; es enemigo de la revolución y de la libertad del pueblo…”

“¿Qué necesitamos – preguntaba el camarada Stalin – para conseguir un verdadero triunfo? Necesitamos tres cosas: lo primero es, armamento; lo segundo, armamento; y lo tercero, una vez más armamento”. (“Historia del Partido del P.C.(b) de la U.R.S.S”. pág. 94.)

A fines de 1905, el camarada Stalin participa en la Conferencia bolchevique de toda Rusia, celebrada en Tammerfors (Finlandia), donde se encuentra personalmente, por primera vez, con Lenin. En esta Conferencia, Stalin fue elegido miembro de la Comisión política encargada de redactar las resoluciones y trabajó juntamente con Lenin, como uno de los constructores y dirigentes más destacados del Partido marxista revolucionario.

En el curso de la Conferencia, se recibió la noticia del comienzo de la insurrección armada en Moscú. A propuesta de Lenin, todos los delegados regresaron sin demora, para participar activamente en la organización y dirección de la insurrección armada.

En aquellos días, el periódico bolchevique “Kavkaski Rabochi Listok” (“Hoja Obrera del Cáucaso”) publicó la resolución del Consejo bolchevique de Tiflís en la que se decía:

“… El Consejo se manifiesta porque el proletariado de Tiflís se adhiera a la huelga general política de toda Rusia”. (Citado según el libro de L. Beria.)

El Comité de huelga se apoderó del correo y del telégrafo, de la administración del ferrocarril de Transcaucasia, y Nadsaladevi, el barrio obrero de Tiflís, estuvo bajo el poder del proletariado en armas.

El camarada Stalin regresó a Transcaucasia cuando el gobierno zarista había pasado ya a la ofensiva, empleando la fuerza armada.

El 18 de diciembre de 1925, las tropas zaristas atacaron Nadsaladevi hiriendo a tres obreros revolucionarios y matando a nueve. La artillería disparaba con tiro directo contra las viviendas, a fin de sembrar el pánico entre la población.

Una vez aplastado el movimiento Tiflís, las tropas zaristas se lanzaron a la periferia de Georgia, donde hubieron de penetrar peleando casi en cada palmo de terreno. Por todas partes reinaba el terror más sangriento. Los verdugos zaristas ahorcaban y fusilaban a los intrépidos luchadores de la libertad. Policías y gendarmes destruían las organizaciones obreras.

Ahogada la insurrección de diciembre en Moscú, toda Rusia fue anegada en una ola de sangre y matanzas.

¿Pero significaba esto, como vociferaban los mencheviques, que el proletariado había sido vencido?

“… El proletariado – escribió entonces el camarada Stalin –, gracias a Dios, vive y se desarrolla políticamente. Sólo se ha retirado, para acumular nuevas fuerzas y asestar el último golpe al gobierno zarista”. (Lugar citado.)

Los mencheviques calumniaban la insurrección armada de diciembre, presentándola como un “producto de la desesperación”, como un “error fatal”. Por boca de Pléjanov, declararon que “No se debía haber empuñado las armas”. Exigían renunciar completamente a la insurrección armada en general, condenando este método de lucha.

La ofensiva de la contrarrevolución hizo más fuerte, entre los obreros socialdemócratas de base en toda Rusia, y también en Transcaucasia, la exigencia de la unificación de bolcheviques y mencheviques. Los bolcheviques veían en la unificación con los mencheviques uno de los medios de desenmascarar el menchevismo y de conquistar a los obreros mencheviques.

En este sentido, precisamente, es como los bolcheviques de Transcaucasia resolvían el problema de la posibilidad de unificarse con los mencheviques. Ya a fines de 1905, en su IV Conferencia, los bolcheviques de Transcaucasia se manifestaron por la unificación, a base del reconocimiento obligatorio y de la aplicación práctica de los principios leninistas sobre la organización… “La condición esencial para la unificación, tanto en la base como en la dirección del Partido – decía la resolución de esta Conferencia –, debe ser el reconocimiento del primer artículo de los Estatutos aprobados en el III Congreso del Partido, con el centralismo en materia de organización que es consecuencia de dicho artículo”. En cuanto a las discrepancias tácticas, que podrían ser resueltas por el Congreso del partido unificado, “no pueden ni deben impedir la unificación en un partido único”. La Conferencia también consideró necesario “emprender inmediatamente, donde sea posible, el trabajo de unificación en la base, con la condición esencial mencionada; y donde esto no sea posible, aceptar acuerdos con los mencheviques a base de la unidad de consignas prácticas en las acciones abiertas del proletariado”. (Lugar citado.)

Con arreglo a esta línea, se celebraron en 1906 Conferencias “unificadoras” de las organizaciones bolcheviques y mencheviques en Tiflís y Bakú y, más tarde, el Congreso de “unificación” de Transcaucasia, en el que se realizó la unificación formal de ambas partes de la organización. Como resultado de ella, se formaron los Comités regionales de Tiflís y Bakú “unificados” del P.O.S.D de Rusia y el de Transcaucasia.

Paralelamente al Comité “unificado” de Transcaucasia, existía y funcionaba el Centro bolchevique, en forma de un Buró regional de los bolcheviques, dirigido por el camarada Stalin.

En abril de 1906, se celebró el IV Congreso del P.O.S.D de Rusia, (el Congreso de unificación), en Estocolmo (Suecia).

El camarada Stalin era en aquel Congreso representante del grupo bolchevique de la organización de Tiflís. Juntamente con Lenin luchó contra los mencheviques, descubrieron implacablemente su fondo antiproletario, oportunista.

En uno de sus discursos del Congreso, el camarada Stalin dijo: “Estamos en vísperas de una nueva explosión; la revolución continúa su marcha ascendente y nosotros debemos llevarla hasta el fin. En ello estamos todos de acuerdo. ¿Pero en qué condiciones podemos y debemos hacerlo? ¿En las condiciones de la hegemonía del proletariado o en las de la hegemonía de la democracia burguesa? Aquí es donde comienza la discrepancia fundamental. El camarada Martínov decía todavía en “Dos dictaduras” que la hegemonía del proletariado en la actual revolución burguesa es una utopía pretenciosa. En su intervención de ayer se advierte la misma idea. Los camaradas que le aplaudían, por lo visto, están de acuerdo con él. Si esto no es así, si en opinión de los camaradas mencheviques no es la hegemonía del proletariado lo que necesitamos, sino la hegemonía de la burguesía democrática, es de por sí evidente que no debemos participar directa y activamente en la organización de la insurrección armada ni en la toma del Poder. Tal es el “esquema” de los mencheviques. Por el contrario, si los intereses de clase del proletariado conducen a su hegemonía, si el proletariado no debe marchar a remolque, sino a la cabeza de la revolución actual, es de suyo comprensible que el proletariado no puede renunciar a la participación activa en la organización de la insurrección ni tampoco de la toma del Poder. Tal es el “esquema” de los bolcheviques. O hegemonía del proletariado o hegemonía de la burguesía democrática: así es como está planteado el problema dentro del Partido, y en esto es en lo que estriban nuestras discrepancias.

El congreso de Estocolmo reveló con mayor agudeza aún las discrepancias entre los bolcheviques y los mencheviques.

Al regresar del Congreso, el camarada Stalin organizó la lucha contra los mencheviques de Transcaucasia, desenmascarando su abjuración de la revolución y su paso a las posiciones de la monarquía constitucional. Bajo su dirección, la organización bolchevique de Transcaucasia era una de las primeras en Rusia que se manifestó por la convocatoria en un Congreso extraordinario del Partido.

En la segunda Conferencia del Partido de toda Rusia, en noviembre de 1906, se resolvió convocar el V Congreso del Partido. En contraste con esta resolución, los mencheviques desarrollaron una campaña de agitación por la convocatoria de un Congreso obrero sin partido, para crear un “amplio partido obrero”. Esta idea fue recogida también por los mencheviques de Transcaucasia. Consideraban que había que liquidar el partido revolucionario que trabajaba conspirativamente, que éste no hacía falta al proletariado, que en su lugar había que crear un partido obrero pacífico, de tipo parlamentario, que podría existir abiertamente a base de la “Constitución mutilada” y adaptándose a la colaboración pacífica con la burguesía.

Los liquidadores de Transcaucasia chocaron con la resistencia enérgica del camarada Stalin, quien ponía en juego entonces todas las fuerzas bolcheviques a fin de fortalecer el partido ilegal del proletariado.

Las ideas liquidacionistas sobre la convocatoria de un “congreso obrero” fracasaron.

En mayo de 1907, se celebró en Londres el V Congreso del P.O.S.D. de Rusia, en el que el camarada Stalin representó al grupo bolchevique de la organización de Tiflís. En este Congreso, los bolcheviques tuvieron la mayoría y, por lo mismo, las resoluciones sobre los problemas principales fueron aprobadas dentro del espíritu bolchevique. El V Congreso representó una gran victoria de los bolcheviques en el movimiento obrero.

En sus artículos sobre el Congreso de Londres, el camarada Stalin analizó, ante todo, el fracaso de la dirección menchevique en el partido “unificado”:

“El menchevismo, que entonces prevalecía en el C.C., no ha sido capaz de dirigir el Partido. Ha fracasado definitivamente como corriente política. Desde este punto de vista, toda la historia del C.C. es la historia del fracaso del menchevismo. Y cuando los camaradas mencheviques nos echan en cara que hemos ‘estorbado’ al C.C., que le ‘hemos ido con exigencias’, etc., no podemos menos de responder a estos camaradas que nos vienen con semejante sermoneo: Sí, camaradas, hemos ‘estorbado’ al C.C. en sus propósitos de violar nuestro programa, de adaptar la táctica del proletariado a los gustos de la burguesía liberal, y en adelante le estorbaremos también, porque éste es nuestro deber sagrado”. (Citado según el libro de L. Beria.)

La esencia misma del menchevismo la caracterizó el camarada Stalin con las siguientes palabras:

“El menchevismo es un conglomerado de corrientes, que no se advierte durante la lucha de fracción con el bolchevismo, pero que se descubre inmediatamente al plantearse los problemas tácticos del principio del momento actual”. (Lugar citado.)

Al desenmascarar la tendencia liquidacionista de los mencheviques, el camarada Stalin demostró cómo sus ideas sobre un congreso obrero sin partido no son más que una traición directa a la clase obrera, que los mencheviques, “por encargo” de la burguesía liberal, tratan de decapitar el movimiento obrero.

“Por algo – indicaba – todos los escritores burgueses, comenzando por los sindicalistas y socialrevolucionarios y terminando por los kadetes y octubristas, se manifiestan con tanto ardor en pro de un congreso obrero. Siendo todos ellos, como son, enemigos de nuestro partido, y pudiendo el trabajo práctico de convocatoria del Congreso obrero debilitar considerablemente y desorganizar al partido, ¿cómo no van a saludar la “idea del congreso obrero”? (Lugar citado.)

El V Congreso del P.O.S.D. de Rusia terminó con la victoria del bolchevismo sobre el menchevismo. La fe inquebrantable del camarada Stalin en las fuerzas del bolchevismo se ha justificado de nuevo. El carácter general y el sentido del Congreso de Londres consiste, según dijo el camarada Stalin, en que se realizó “la unificación efectiva de los obreros avanzados de toda Rusia en un partido único extensivo a todo el país, bajo la bandera de la socialdemocracia revolucionaria”. (“Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S.” pág. 105.)




[*] Debo subrayar que los datos concretos sobre la actuación del camarada Stalin en Transcaucasia y el análisis de principio sobre los problemas de la historia de las organizaciones bolcheviques en Transcaucasia los proporciona, de una manera más completa, el libro de L. Beria “Sobre las cuestiones de la historia de las organizaciones bolcheviques en Transcaucasia”.

Las citas de los periódicos “Brdsola”, “Proletariatis Brdsola”, “Kavkasky Rabochi Listok”, “Bakinsky proletarii”, “Dro”. “Ajali Zjovreba” y “Tiflisky Proletarii” y, luego, de las proclamas del Comité de Tiflís de la Unión del P.O.S.D de Rusia en el Cáucaso y, finalmente, de los trabajos del camarada Stalin “Dos choques”, “A propósito de las discrepancias en el partido”, “Respuesta al ‘Socialdemócrata’”, las tomo del citado libro de L. Beria. – M.K.


La Cheka ha extraído este texto del libro El sexagésimo aniversario de Stalin de M. Kalinin. Moscú: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1939.
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